jueves , diciembre 1 2022

IGLESIA CELEBRO 60 AÑOS DEL CONCILIO VATICANO II

La tarde de este martes, 11 de octubre, el Santo Padre presidió la Santa Misa en la Basílica de San Pedro, en la memoria litúrgica de San Juan XXIII y en el 60 Aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II.

El pastor De la Iglesia Católica instó a los fieles a tener tres tipos de miradas:

PRIMERA MIRADA. LA MIRADA DE AMOR

  1. Volver al primer amor

Redescubramos el Concilio para volver a dar la primacía a Dios, a lo esencial, a una Iglesia que esté loca de amor por su Señor y por todos los seres humanos.

Dios ama a una Iglesia que sea rica de Jesús y pobre de medios, a una Iglesia que sea libre y liberadora.

  • Volver al primer amor como Pedro en el Evangelio, a Galilea, a las fuentes del primer amor. Para redescubrir en sus pobrezas la santidad de Dios, para volver a encontrar en la mirada del Señor crucificado y resucitado la alegría perdida, para concentrarse en Jesús.
  • Volver a las límpidas fuentes de amor del Concilio, reencontremos la pasión del Concilio y renovemos la pasión por el Concilio.
  1. La mira del amor es ser alegres.. como dijo san Juan XXIII: Gaudet Mater Ecclesia: Que en la Iglesia viva la alegría.
  • Si no se alegra se contradice a sí misma, porque olvida el amor que la ha creado.
  • ¿cuántos entre nosotros no logran vivir la fe con alegría, sin murmurar y sin criticar?
  • Una Iglesia enamorada de Jesús no tiene tiempo para conflictos, venenos y polémicas.
  1. La mirada del amor no libera de ser críticos e impacientes, amargados e iracundos. No es sólo cuestión de estilo, sino de amor, porque el que ama, como enseña el apóstol Pablo, hace todo sin murmuraciones (cf. Flp 2,14).

“Señor, enséñanos a mirar alto, a mirar la Iglesia como la ves Tú. Y cuando seamos críticos y estemos insatisfechos, recuérdanos que ser Iglesia es testimoniar la belleza de tu amor, es vivir respondiendo a tu pregunta: ¿me amas?”

LA SEGUNDA MIRADA. APACENTAR LAS OVEJAS CON AMOR

Cuando se dice “Apacienta”, se está diciendo que, la Iglesia no celebró el Concilio para contemplarse, sino para darse. La Iglesia existe para amar. Es un pueblo sacerdotal para servir al mundo.

“Volvamos al Concilio, que ha redescubierto el río vivo de la Tradición sin estancarse en las tradiciones; que ha reencontrado la fuente del amor no para quedarse en el monte, sino para que la Iglesia baje al valle y sea canal de misericordia para todos”

Volvamos al Concilio para salir de nosotros mismos y superar la tentación de la autorreferencialidad.

La iglesia escucha las palabras de Jesús: Apacienta mis ovejas. Apacentando, supera las nostalgias del pasado, la añoranza de la relevancia, el apego al poder

La iglesia es un pueblo  santo, un pueblo pastoral. No existe para apacentarte a si mismo, sino a los demás, a todos los demás, con amor.

TERCERA MIRADA: LA MIRADA DE CONJUNTO.

El Concilio nos recuerda que la Iglesia, a imagen de la Trinidad, es comunión. El diablo, en cambio, quiere sembrar la cizaña de la división. No cedamos a sus lisonjas, no cedamos a la tentación de la polarización.

Superemos las polarizaciones: Cuántas veces se prefirió ser “hinchas del propio grupo” más que servidores de todos, progresistas y conservadores antes que hermanos y hermanas, “de derecha” o “de izquierda” más que de Jesús.

El Señor no nos quiere así, nosotros somos sus ovejas, su rebaño, y sólo lo somos juntos, unidos.

Superemos las polarizaciones y defendamos la comunión, convirtámonos cada vez más en “una sola cosa”, como Jesús suplicó antes de dar la vida por nosotros (cf. Jn 17,21).

LA IGLESIA DEBE APRENDER A DECIR: SEÑOR TÚ SABES QUE TE AMAMOS

El Santo Padre concluyó su homilía con esta oración: “Te damos gracias, Señor, por el don del Concilio. Tú que nos amas, líbranos de la presunción de la autosuficiencia y del espíritu de la crítica mundana. Tú, que nos apacientas con ternura, condúcenos fuera de los recintos de la autorreferencialidad. Tú, que nos quieres una grey unida, líbranos del engaño diabólico de las polarizaciones. Y nosotros, tu Iglesia, con Pedro y como Pedro te decimos: ‘Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amamos’ (cf. Jn 21,17)”.