jueves , diciembre 1 2022

El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

Usted y yo conocemos a personas que viven seguras de sí mismas. Que dicen no necesitar de nadie, ni de Dios.

Son personas satisfechas de sí mismas, que se creen siempre con la razón. Que poseen la verdad.

Son personas que creen que siempre está entren los que poseen la verdad y tienen las manos limpias.

Son los que creen que los culpables siempre son los otros, por tanto juzgan, clasifican y condenan.

Son personas que creen que no necesitan cambiar. No se arrepienten de nada, No se corrigen.

Son aquellos que no se sienten cómplice de ninguna injusticia. Por eso, exige siempre a los demás cambiar, renovarse y ser más justos.

Son personas que piensan ser mejores que los demás. Por tanto no necesitan ni siquiera de Dios.

Para ese tipo de persona, que viven seguros y satisfechos, para quienes el mensaje de Dios es innecesario. Jesús contó la parábola del fariseo y el publicano. Son los fariseos de hoy que agradecen a Dios por ser buenos, por ser siempre los triunfadores.

Vivimos en una época de competencia, en la que nadie quiere mostrar sus debilidades.

Por tanto pocos aceptan reconocer sus errores. Es más cómodo negar los errores.

Es mejor acusar siempre a los demás.  La culpa siempre es de otro.

El arrepentimiento parece ser una debilidad

Parece indigno tener que responder de sus culpas ante alguien.

Jesús reconoció la actitud de quien es capaz de agachar la cabeza pare reconocerse débil, indigno. De quien es capaz de decir: ten compasión de este pecador».

Para el cristiano reconocer que somos débiles es aprender a mira al futuro. Es re aprender a vivir, es entrar en un proceso para recuperar esa alegría de pacificar nuestra vida y renovarla. Es una actitud madura de apertura de confianza hacia el otro. Y de reconocimiento del perdón de Dios