DANOS UN CORAZON NUEVO

Según la tradición bíblica, el mayor pecado de una persona es vivir con un «corazón cerrado» y endurecido”.

Un corazón cerrado y endurecido es un «corazón de piedra» y no de carne: es un corazón obstinado y torcido, un corazón poco limpio.

Cuando nuestro corazón está «cerrado», nuestros ojos no ven, nuestros oídos no oyen. Vivimos separados de la vida, desconectados.

Cuando nuestro corazón está «cerrado», en nuestra vida no hay compasión. No sabemos sentir el sufrimiento de los demás.

Cuando tenemos el corazón cerrado vivimos indiferentes a los abusos e injusticias que destruyen la felicidad de tanta gente.

Cuando nuestro corazón está «cerrado», vivimos volcados sobre nosotros mismos, insensibles a la admiración y la acción de diferente y el esfuerzo por vivir mejor.

Quien vive «cerrado», no puede acoger el Espíritu de Dios; no puede dejarse guiar por el Espíritu de Jesús.

LO DECISIVO ES ABRIR NUESTRO CORAZÓN.

Sólo cuando nuestro corazón se abre, empezamos a intuir con qué ternura y compasión mira Dios a las personas.

Sólo cuando nuestro corazón se abre, comenzamos a captarlo todo a la luz de Dios.

Sólo cuando nuestro corazón se abre, comenzamos a intuir a ese Dios «en quien vivimos, nos movemos y existimos».

Sólo entonces comenzamos a invocarlo como «Padre», con el mismo Espíritu de Jesús.

Por eso, nuestra primera invocación al Espíritu ha de ser ésta: «Danos un corazón nuevo, un corazón de carne, sensible y compasivo, un corazón transformado por Jesús».