OPINION

José Blanco - BUENA NUEVA, BUENA ONDA

José Blanco - BUENA NUEVA, BUENA ONDA

En muchas circunstancias dar gracias se ha convertido en un puro rito. Desde muy pequeños nos enseñan a dar gracias. Hasta en nuestra sociedad mercantilista no dejamos de dar gracias, aunque muchas veces es un simple intercambio. En cambio otra cosa es vivir agradecidos. Tenemos que aprender a vivir agradecidos: pasamos por el mundo cargados de preocupaciones, absorbidos por múltiples tareas, ocupados en poseer y manipular todo; y no somos capaces de reconocer las distintas acciones que merecen nuestro agradecimiento.

APRENDER A TENER ACTITUD AGRADECIDA

Para tener una actitud agradecida, lo primero es saber captar lo positivo de la vida.

Para la persona agradecida, las otras personas que encuentra en su camino son regalo y gracia.

Vivir agradecido es no dejar de asombrarnos ante tanto bien: el sol de cada mañana, el misterio de nuestro cuerpo, el despertar de cada día, el amor y la amistad de las personas, la alegría del encuentro, el placer, el descanso reparador, la música, el deporte, la naturaleza, la fe, el hogar.

El agradecimiento es la actitud más noble ante lo que vamos recibiendo en la vida.

La persona agradecida sabe que no es el origen de sí mismo; su existencia entera es don de Dios.

Para la persona agradecida las cosas que le rodean adquieren una profundidad antes ignorada; no están ahí sólo como objetos que sirven para satisfacer necesidades; son signos de la gracia y la bondad del Creador.

Estar agradecidos es estar atento y saber acoger todo lo jugoso, lo hermoso, lo positivo de la vida, bien nuestra o la de los demás.

Quien no agradece es porque mira la vida y el mundo con ojos acostumbrados y aburridos, incapaces de admirar lo grande y bello de las cosas y las personas.

A pesar de todos los sinsabores, fracasos y pecados, la vida es don que hemos de acoger cada día en actitud de agradecimiento y alabanza.

Esa es la enseñanza de un leproso que hace dos mil años que después de ser curado junto a otros nueve, regresó agradecido ante Jesús por haber recuperado no solo la salud, sino la vida.

Quien no es capaz de alabar y agradecer la vida, tiene todavía en su interior algo enfermo.

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