EN LA MIRA

(Tomado de BBC) Treinta y ocho años después de su asesinato, el Vaticano canoniza a monseñor Óscar Arnulfo Romero. Romero, quien ya era considerado un santo para muchos en El Salvador y en América Latina, fue criticado por unos pero muy admirado y querido por la población. Aunque no fue así desde el principio de su nombramiento como arzobispo de San Salvador en 1977 hasta su asesinato, el 24 de marzo de 1980, por el disparo de un ultraderechista.

Las denuncias de violaciones a los Derechos Humanos por parte del gobierno militar, se ganó numerosos enemigos en un clima de fuerte tensión en la nación centroamericana.

Su asesinato mientras oficiaba una misa es considerado por muchos el inicio de una guerra civil que duró 12 años y que se calcula dejó unos 100.000 muertos.

"Cuando Romero fue nombrado arzobispo era visto como una alternativa para mantener el status quo, no lo percibían como alguien que estaría cuestionando el sistema", le dice a BBC Mundo Karla Ann Koll, profesora de Historia y Misión de la Universidad Bíblica Latinoamericana, con sede en Costa Rica.

Pero, tras los asesinatos a manos de las fuerzas de seguridad de campesinos y sacerdotes, entre ellos el padre Rutilio Grande, quien era un amigo muy cercano de Romero, esa percepción del religioso cambió radicalmente. Fue así como decidió alzar su voz y denunciar las violaciones a los derechos humanos que ocurrían en su país.

Romero llegó a decir según la periodista cubana María López Vigil “ese gobierno está matando al pueblo y a la iglesia le toca estar con el pueblo, no con el gobierno'"

Tras esa reunión con el religioso, la periodista cuenta: "Salí convencida de que lo iban a matar. Lo van a matar, está solo".

"Romero demostró que no era el arzobispo que estaba al lado de la oligarquía, como creían los que celebraron su nombramiento (…) En ese momento, Romero comenzó a ser perseguido y aislado por sus propios hermanos obispos" según Martha Zechmeister, directora de la maestría de Teología Latinoamericana de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas.

La profesora Zechmeister recuerda que el papa Francisco dijo que el martirio de Romero no fue sólo el disparo que lo mató sino "su aislamiento en el Episcopado salvadoreño y que esa persecución siguió incluso después de su muerte".

"Esta vuelta de la iglesia latinoamericana, que para mí es una vuelta a Jesús, a estar con los pobres, a defender a los más vulnerables, a construir la iglesia desde la perspectiva de los pobres en el contexto de la Guerra Fría siempre fue objeto de la sospecha del marxismo o del comunismo".

"Muchos de los mártires de las iglesias fueron fruto de esa política anticomunista. Un lema en El Salvador era: 'Haz patria, mata un cura'".

Algunos creen que a monseñor Romero le pusieron injustamente la etiqueta de marxista o de comunista. Koll es una de ellas.

"Sí, yo creo que sí. Si uno lee sus sermones, si lee sus cartas, uno ve el corazón de un pastor que está abriéndose cada vez más y más al dolor de su pueblo y no lo hace a través de un análisis sociopolítico en particular, sino de una relectura bíblica en el contexto (…) de un pueblo que sufre".

Para Zechmeister era claro que "monseñor Romero no conocía la filosofía marxista, fue un hombre profundamente atado al evangelio".

Juan Pablo II visitó El Salvador en 1983, en plena guerra civil, e hizo un llamado por el diálogo y una salida pacífica al conflicto.

"El gobierno trató de aislarlo de toda la problemática y de las tensiones sociales", recuerda Zechmeister.

Pero en uno de los recorridos, el Papa rompió el protocolo, alteró la agenda que las autoridades le tenían preparada y dijo que quería ir a la tumba de Romero.

"Juan Pablo II insistió mucho (…) La Catedral Metropolitana estaba cerrada y tuvieron que esperar una hora, mientras buscaban las llaves para abrirla".

No hubo un discurso, pero el máximo jerarca de la iglesia católica se arrodilló frente a la tumba, la bendijo y rezó por varios minutos

 

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