EN LA MIRA

A Dios le hemos convertido en mercancía

Se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús subió a Jerusalén, encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo

Cuando Jesús entra en el templo de Jerusalén encuentra gentes que buscan comercio religioso.

Aquel templo llamado a ser el lugar en que se había de manifestar la gloria de Dios y su amor al ser humano, se ha convertido en lugar de engaño y abusos donde reina el afán de dinero y el comercio interesado.

Las leyes del mercado en la vida cotidiana

Nuestra vida cotidiana es de intercambio y el mutuo servicio. Todos vivimos dando y recibiendo, ofertando y comprando. El riesgo está en reducir todas nuestras relaciones a comercio interesado, pensando que la vida todo consiste en vender y comprar.

Corremos el riesgo de convertirnos en meros vendedores y cambistas; que no saben hacer otra cosa sino negociar. Tal vez estamos viviendo una vida convertida en mercado, donde todo se compra y se vende.

En un mundo convertido en mercado donde nada hay gratuito y donde todo es exigido, comprado o ganado, Tal vez nos estamos convirtiendo en hombres y mujeres incapacitados para amar, que hemos eliminado de la vida todo lo que sea dar. Entonces se hace urgente y necesario revalorar lo gratuito. Sólo lo gratuito puede seguir fascinando y sorprendiendo. Lo gratuito es el signo más auténtico del amor.

El dios del mercado

A Dios le hemos convertido en mercancía: le obsequiamos algún culto para quedar bien con él; le pagamos misas o le hacemos promesas para obtener de él algún beneficio; cumplimos con algunos ritos para tenerlo a nuestro favor. De esa forma nos estamos creando un Dios a nuestra medida: triste, egoísta y pequeño como nuestras vidas mercantilizadas.

El ser humano mercantilizado necesita combatir toda desfiguración de Dios que se puede comprar. Dios no se compra. Dios tiene amor gratuito,

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