EN LA MIRA

Cuenta el evangelio (Mateo 22, 1-14) el Reino de Dios se parece a un rey que organiza una fiesta para la boda de su hijo. Sus convidados rechazan en dos oportunidades su invitación. Después invita a las personas que estaban en los cruces de los caminos.  

 

La parábola de Jesús es de total actualidad. La invitación a la fiesta, al amor, a la fraternidad sigue escuchándose en el corazón de todo ser humano.

 

 Los convidados tenemos demasiado ocupaciones

 

Los convidados no hacen caso. Están ocupados en sus tierras, en sus negocios, en sus diversiones, en enriquecer su hoja de vida, en tener más, en comprar más, en poseer más cosas y más seguridad.

  

Otros convidados están ocupados buscando el goce inmediato e individualista: sexo, droga, diversión, cenas de fin de semana.

Los más están refugiados en el placer del presente: entregados al cuidado de su cuerpo, para mantenerse en forma: preocupados en ser joven, no envejecer nunca.

 

No es malo buscar un bienestar, pero ¿qué plenitud puede haber tras ese afán de poseer televisores, celulares, computadoras cada vez más perfectos; coches cada vez más veloces; electrodomésticos cada vez más sofisticados

 

Es normal que las nuevas generaciones busquen con afán bienestar. Pero después de caminar a la búsqueda de tantas cosas, no son pocos los que pierden su libertad, su capacidad de amar, su ternura, el disfrute sencillo de la vida.

 

Dios nos invita al buen vivir

 

La parábola de Jesús nos vuelve a recordar a todos que en el fondo de la vida hay una invitación a buscar la libertad y la plenitud por otros caminos.

  

Nuestra mayor equivocación puede ser desoír ligeramente la llamada de Dios, marchando cada uno a «nuestras tierras y nuestros negocios».

 

Quizás estamos desoyendo una invitación de Dios, el cual otros hombres y mujeres, sencillos y pobres están escuchando con gozo en los cruces de los caminos.

 

En medio de nuestra vida, a veces tan alocada y superficial, en medio de nuestra búsqueda yana de felicidad total, estemos alertas y veamos si no estamos desoyendo una invitación especial de Dios a vivir dignamente nuestra vida como una fiesta.

 

 

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