EN LA MIRA

recogemos los frutos que se van sembrando en nuestras familias, nuestros centros docentes, en los centros de enseñanza, en nuestro círculo de amigos

 

Hace dos mil años Jesús contó una historia de viñadores que mataron a los portavoces del dueño de una viña y al final matan también al hijo del dueño de la viña (Mat 21, 33-43).

 

Dos mil años después según el filósofo Friedrich Nietzsche, el mayor acontecimiento de los tiempos modernos es que «Dios ha muerto». Los humanos estamos solos y libres para construir nuestro futuro.

 

Muchos intelectuales (no sabios) afirman que Dios es un obstáculo para la autonomía y el crecimiento del hombre. Hay que matarlo para que nazca el verdadero ser humano. Supuestamente el ser humano ahora es libre de Dios.

 

Es, una vez más, la actitud de los viñadores de la parábola: matemos al hijo del dueño de la viña para quedarnos con la herencia».

 

¿Cuáles son los frutos del ser humano que mató a Dios?

 

Nombremos algunos frutos del hombre sin Dios:

 

1.- Un ser humano con afán solo de poseer, insolidario, preocupado casi exclusivamente de sus bienes.

 

2.- Un ser humano indiferente al otro, y también indiferente al bien común de la sociedad.

 

3.- Un ser humano preocupado por su propiedad privada, propietario con poder para privar a los demás de su uso o disfrute.

 

 4.- Un ser  humano que crea una sociedad estructurada en función de los intereses de los más poderosos, y no al servicio de los más

necesitados y más «privados» de bienestar.

 

 5.- Un ser humano con deseos ilimitados de adquirir, conservar y aumentar los propios bienes

 

6.- Un ser humano que lucha egoístamente por lo suyo y se organiza para defenderse de los demás.

 

7.- Un ser humano que crea una sociedad que separa y enfrenta a los individuos empujándolos hacia la rivalidad y la competencia,

 

8.- Un ser humano asentado sobre la agresividad y la violencia, y donde, con frecuencia, sólo cuenta la ley del más fuerte y poderoso.

 

9.- Un ser humano que no conoce la solidaridad, el amor, el perdón, la gratuidad,  y el mutuo servicio.

 

Los frutos amargos de esta conducta son evidentes en nuestros días.

 

Si analizamos las constantes que estructuran nuestra conducta social veremos que hunden sus raíces casi siempre en el deseo ilimitado de adquirir, lucrar y dominar.

 

Lastimosamente en una sociedad se recogen los frutos que se van sembrando en nuestras familias, nuestros centros docentes, en los centros de enseñanza, en nuestro círculo de amigos, en nuestras instituciones políticas, en nuestras estructuras sociales y nuestras comunidades religiosas.

 

La creación de una sociedad nueva sólo es posible si los estímulos de lucro, poder y dominio son sustituidos por los de la solidaridad y la fraternidad.

 

La parábola que Jesús contó termina diciendo que “la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”, es decir los frutos del ser humano no tienen sentido sin Dios.  El reino de Dios será entregado a un pueblo que produzca sus frutos.

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